
Las aventuras de Musgocito – By Minimoss
Introducción
Musgocito era un pequeño gnomo verde, con una túnica tejida de musgo y un gran sombrero donde escondía incontables tesoros y secretos. Aunque era más pequeño que la mayoría de las criaturas
mágicas, su valentía y su espíritu indomable lo hacían verdaderamente más grande que la vida misma—sobre todo cuando se subía a un tocón. Este extraordinario personajillo vivió siglos más que la mayoría de
los gnomos, en parte porque sentía una profunda fascinación por los humanos y en parte porque le llevó su tiempo aprender las lecciones que había venido a la Tierra a aprender (como no lamer ranas
desconocidas). Se suponía que debía transformar sus disparates en sabiduría, pero tendía a extraviarla en los lugares extraños, como en el compostador. Aunque pasó tiempo con algunos de los más notables maestros trascendentales de todas las épocas, también tenía una sorprendente habilidad para olvidar todo lo aprendido. Quizá por eso su ingenuidad infantil seguía asomando en sus ojos mucho después de que su barba se volviera blanca.
Por encima de todo, Musgocito era un guardián del bosque, y por sus nobles hazañas fue proclamado caballero por el Consejo de los Animales Pequeñitos, que lo reconoció como su campeón y
protector. Plantó más de 700.000 robles por todo el mundo y, tras descender al cielo de los gnomos, Musgocito se convirtió en el santo patrón de las bellotas.

PARTE UNO – Corky
Los gnomos son conocidos por tenerse en muy alta estima, y un estudio científico concluyó que su ego constituye casi un tercio de su masa corporal. Pero antes de juzgarlos con demasiada dureza, considera esto: puede que los estudios estén, en realidad, en lo cierto. Verás, los gnomos están profundamente en sintonía con la naturaleza, con los seres mágicos, con los susurros de los animales, los cotilleos
de los árboles, los rituales de las estaciones y el sutil arte de interpretar la corteza. Saben cuándo un hongo miente. Pueden presentir si una ardilla trama algo. Toman como deber sagrado mantener el equilibrio y la armonía. Porque, si no ellos, ¿quién? Desde luego no los erizos: están demasiado ocupados siendo
adorables. Ahora bien, el joven Musgocito era un poquito granuja. Si sentía que
los humanos lo ignoraban (lo cual ocurría a menudo), podía acercarse sigilosamente y soplar polen en la cara de alguien para hacerlo estornudar. O, peor aún, hacer pis sobre un sendero helado solo para
ver cómo un adulto se resbalaba y ejecutaba, sin querer, una especie de danza interpretativa.
A medida que fue creciendo, Musgocito llegó a comprender que los humanos no lo ignoraban a propósito: simplemente eran ignorantes. Aprendió a aceptar esta absurda verdad con una gracia un tanto
resignada, aunque siempre sintió debilidad por los humanos capaces de verlo.
Uno de esos humanos era un niño llamado Corky. Corky era un muchacho inusualmente callado, sensible y
absolutamente fascinado por las plantas. En una ocasión, en el colegio, la maestra invitó a compartir sus aficiones con toda la clase y Corky declaró con orgullo que su pasatiempo favorito era observar
cómo las flores se abrían por la mañana y se cerraban al anochecer. Los demás niños se rieron hasta ponerse morados. Desde entonces, Corky decidió que era más seguro guardarse sus aficiones para sí
mismo. A menudo sufría acoso en la escuela por ser diferente, y fue precisamente eso lo que lo hizo visible para el radar gnómico de Musgocito. Un día, Corky regresó a casa cojeando, con un feo moratón, y se dejó caer frente a una mata de prímulas para echarse a llorar. Cuando el sol empezó a ponerse, los pétalos amarillos comenzaron a abrirse lentamente, y el niño olvidó su dolor. Fue entonces cuando apareció Musgocito. El pequeño gnomo surgió de detrás del arbusto, con las mejillas hinchadas de hojas masticadas. Corky lo miró en silencio, maravillado. Musgocito saltó hasta la rodilla del niño, observó el moratón y, sin decir palabra, escupió sobre él una pasta verde.
—Ahí tienes —dijo Musgocito con orgullo, limpiándose la boca—.
¡Cura los golpes y refresca el aliento!
Y funcionó. No solo el moratón desapareció al instante, sino que también marcó el comienzo de una amistad peculiar y maravillosa. Musgocito se convirtió en el mentor de Corky, su compañero y, en
ocasiones, en un objeto de emergencia dentro de la mochila. Corky incluso fabricó un zurrón para llevar al gnomo. Musgocito fingía odiarlo, aunque en secreto le encantaba. A veces, simplemente disfrutaba quejarse.
Con el tiempo, el gnomo le mostró a Corky dónde creían las moras más jugosas, cómo hablar idioma escarabajo y dónde hallar el mejor musgo para rellenar almohadas. La notica corrió rápido y, gracias a aquella sabiduría gnómica (y a las bayas), Corky se volvió el niño
más popular de la escuela.
Sabiduría gnómica + bayas = magia social
Años después, ya adulto, Corky se convirtió en un herbolario de gran éxito. Hizo fortuna vendiendo remedios naturales y le empleó a proteger tierras salvajes como hábitat para los gnomos.

Las aventuras de Musgocito – By Minimoss
Introducción
Musgocito era un pequeño gnomo verde, con una túnica tejida de musgo y un gran sombrero donde escondía incontables tesoros y secretos. Aunque era más pequeño que la mayoría de las criaturas
mágicas, su valentía y su espíritu indomable lo hacían verdaderamente más grande que la vida misma—sobre todo cuando se subía a un tocón. Este extraordinario personajillo vivió siglos más que la mayoría de
los gnomos, en parte porque sentía una profunda fascinación por los humanos y en parte porque le llevó su tiempo aprender las lecciones que había venido a la Tierra a aprender (como no lamer ranas
desconocidas). Se suponía que debía transformar sus disparates en sabiduría, pero tendía a extraviarla en los lugares extraños, como en el compostador. Aunque pasó tiempo con algunos de los más notables maestros trascendentales de todas las épocas, también tenía una sorprendente habilidad para olvidar todo lo aprendido. Quizá por eso su ingenuidad infantil seguía asomando en sus ojos mucho después de que su barba se volviera blanca.
Por encima de todo, Musgocito era un guardián del bosque, y por sus nobles hazañas fue proclamado caballero por el Consejo de los Animales Pequeñitos, que lo reconoció como su campeón y
protector. Plantó más de 700.000 robles por todo el mundo y, tras descender al cielo de los gnomos, Musgocito se convirtió en el santo patrón de las bellotas.

PARTE UNO – Corky
Los gnomos son conocidos por tenerse en muy alta estima, y unestudio científico concluyó que su ego constituye casi un tercio de sumasa corporal. Pero antes de juzgarlos con demasiada dureza, considera esto: puede que los estudios estén, en realidad, en lo cierto. Verás, los gnomos están profundamente en sintonía con la naturaleza, con los seres mágicos, con los susurros de los animales, los cotilleos
de los árboles, los rituales de las estaciones y el sutil arte de interpretar la corteza. Saben cuándo un hongo miente. Pueden presentir si una ardilla trama algo. Toman como deber sagrado mantener el equilibrio y la armonía. Porque, si no ellos, ¿quién? Desde luego no los erizos: están demasiado ocupados siendo
adorables. Ahora bien, el joven Musgocito era un poquito granuja. Si sentía que
los humanos lo ignoraban (lo cual ocurría a menudo), podía acercarse sigilosamente y soplar polen en la cara de alguien para hacerlo estornudar. O, peor aún, hacer pis sobre un sendero helado solo para
ver cómo un adulto se resbalaba y ejecutaba, sin querer, una especie de danza interpretativa.
A medida que fue creciendo, Musgocito llegó a comprender que los humanos no lo ignoraban a propósito: simplemente eran ignorantes. Aprendió a aceptar esta absurda verdad con una gracia un tanto
resignada, aunque siempre sintió debilidad por los humanos capaces de verlo.
Uno de esos humanos era un niño llamado Corky. Corky era un muchacho inusualmente callado, sensible y
absolutamente fascinado por las plantas. En una ocasión, en el colegio, la maestra invitó a compartir sus aficiones con toda la clase y Corky declaró con orgullo que su pasatiempo favorito era observar
cómo las flores se abrían por la mañana y se cerraban al anochecer. Los demás niños se rieron hasta ponerse morados. Desde entonces, Corky decidió que era más seguro guardarse sus aficiones para sí
mismo. A menudo sufría acoso en la escuela por ser diferente, y fue precisamente eso lo que lo hizo visible para el radar gnómico de Musgocito. Un día, Corky regresó a casa cojeando, con un feo moratón, y se dejó caer frente a una mata de prímulas para echarse a llorar. Cuando el sol empezó a ponerse, los pétalos amarillos comenzaron a abrirse lentamente, y el niño olvidó su dolor. Fue
entonces cuando apareció Musgocito. El pequeño gnomo surgió de detrás del arbusto, con las mejillas
hinchadas de hojas masticadas. Corky lo miró en silencio, maravillado. Musgocito saltó hasta la rodilla del niño, observó el moratón y, sin decir palabra, escupió sobre él una pasta verde.
—Ahí tienes —dijo Musgocito con orgullo, limpiándose la boca—.
¡Cura los golpes y refresca el aliento!
Y funcionó. No solo el moratón desapareció al instante, sino que también marcó el comienzo de una amistad peculiar y maravillosa. Musgocito se convirtió en el mentor de Corky, su compañero y, en
ocasiones, en un objeto de emergencia dentro de la mochila. Corky incluso fabricó un zurrón para llevar al gnomo. Musgocito fingía odiarlo, aunque en secreto le encantaba. A veces, simplemente disfrutaba quejarse.
Con el tiempo, el gnomo le mostró a Corky dónde creían las moras más jugosas, cómo hablar idioma escarabajo y dónde hallar el mejor musgo para rellenar almohadas. La notica corrió rápido y, gracias a aquella sabiduría gnómica (y a las bayas), Corky se volvió el niño
más popular de la escuela.
Sabiduría gnómica + bayas = magia social
Años después, ya adulto, Corky se convirtió en un herbolario de gran éxito. Hizo fortuna vendiendo remedios naturales y le empleó a proteger tierras salvajes como hábitat para los gnomos.

